Tuberculosis a niveles de África en la Ciudad de Buenos Aires

Los niveles de infección en el sur de la Ciudad se comparan con los de las regiones pobres de África. Un informe del hospital Piñero deja en evidencia las trágicas consecuencias del régimen esclavista que utilizan las grandes marcas de ropa.

Por Lucas Schaerer (publicado en el semanario Noticias Urbanas)

La eliminación de decenas de camas en el hospital Muñiz durante la última dictadura, el desarme de los controles sanitarios en la frontera durante los noventa y la actual impunidad judicial para la industria textil esclavista deja un saldo sanitario de alto riesgo para los porteños. Noticias Urbanas accedió a un informe elaborado en el hospital Piñero, denominado “Veo, veo ¿qué ves?: tuberculosis ¿otra vez?”, que deja en evidencia cifras alarmantes.

En el área programática del hospital Piñero (el sur de la Ciudad) se detectó una tasa de infección de tuberculosis de 141.46 cada 100 mil habitantes (en 1999 era de 33.1 cada 100 mil habitantes). El promedio nacional es de 50 casos cada 100 mil (años atrás era de 30 cada 100 mil). Leyó bien. El sur de la Ciudad concentra la tasa más alta de tuberculosis de toda la República Argentina, junto con el Chaco impenetrable. Del análisis de 251 planillas surge que el 50.50 por ciento de los pacientes son de la Ciudad y el resto del conurbano bonaerense. De los casos de la Ciudad, 2.155 registrados el año pasado, 406 (el 37.3 por ciento) pertenecen al área programática del Piñero. En la conformación de este escenario pavoroso, juegan un rol preponderante los talleres textiles que operan clandestinamente en la Ciudad y abastecen con mano de obra inmigrante y esclava el trabajo requerido por las grandes marcas de indumentaria.

“Todos sabemos que la tuberculosis está relacionada con la pobreza, falta de alimentación, hacinamiento y tipo de trabajo. En esta área hay mucho trabajo esclavo por los talleres de costura y esto hace que se dificulte el control de esta enfermedad”, señaló al mensuario Mundo Hospitalario Zulma Pisera, médica pediatra con orientación en neumología. La doctora detalla en el diario de la Asociación de Médicos Municipales que “en los últimos dos meses tuvimos dos chiquitos en una misma escuela con tuberculosis grave, y el mes pasado de otra escuela. Esto habla de que la enfermedad no está controlada”.

El informe del Piñero fue elaborado por la jefa de Microbiología, la jefa de Neumofisiología, una bioquímica especialista en tuberculosis y otra pediatra orientada en neumofisiología. “Las cifras son similares a las de África subsahariana o a las del Impenetrable Chaqueño”, confirmó a Noticias Urbanas Lucrecia Campos, neumofisióloga, quien describe el trabajo con pacientes reducidos a la servidumbre en los talleres textiles: “Es muy difícil acceder a esta población. Los pacientes no dan las direcciones exactas de donde viven, y tampoco se puede entrar a los talleres. En esta zona hay cada vez más migración, y cuando llegan, engañados con la promesa de trabajo, de lo primero que se enteran es de que están enfermos; y al evaluarlos nos damos cuenta de que padecen tuberculosis desde hace seis meses, por ejemplo, y han venido en un micro durante 36 horas, siendo bacilíferos positivos, o sea, contagiando”.

TALLERES DE LA MUERTE

Hace por lo menos una década, según la Defensoría del Pueblo de la Ciudad, fue instalada una industria textil basada en talleres camuflados en viviendas. “La clave económica son los intereses de los fabricantes de ropas. Con este sistema de subcontratación no pagan impuestos, cargas provisionales, y sobre todas las cosas, las responsabilidades (ley 12.713, regula el trabajo domiciliario) de la explotación salvaje.

Resisten los grandes fabricantes y cuentan con el apoyo del Estado nacional y Ciudad por omisión”, dice en la megacausa en manos del juez Julián Ercolini, quien debe investigar a marcas de ropa de primer nivel (ver recuadro). Un negocio que supera los 700 millones de dólares al año. El régimen neoesclavista de producción textil, como lo llama el abogado de la Defensoría y reconocido especialista en trata y trabajo forzoso, Mario Ganora, ha dejado una cruel huella en el sistema de salud porteño. Hace tres años que el abogado Ganora aportó con la firma de la defensora del Pueblo porteña, Alicia Pierini, una investigación realizada por el Instituto “Profesor Dr. Raúl Vaccarezza” de la Universidad de Buenos Aires. Este trabajo titulado “Inmigración y tuberculosis” da cuenta que “los pacientes que provienen de países con alta tasa de proporción de tuberculosis (Bolivia y Perú) se infectan en su país de origen y las condiciones sociales locales favorecen el desarrollo de la enfermedad”.

Tres años después del informe presentado en la Justicia federal, el panorama empeoró, tal como expresa el estudio realizado por personal del hospital Piñero.

LAS VÍCTIMAS

Martina Amachuy tiene una hija de cuatro años con tuberculosis. La entrevista con ella tiene lugar en La Alameda, un bar recuperado que desde hace siete años es sede de una cooperativa de costureros que lucha contra el trabajo esclavo. “Mi hijita, a los dos años y medio, se contagió. Yo no lo sabía pero los costureros que la alzaban y besaban en casa la contagiaron”, arranca Martina. Ella alquila una pieza en una casa que a su vez tiene un taller clandestino. Allí viven 25 personas. “Esos costureros no lo hicieron de maldad. Quizás ni ellos sabían que tenían tuberculosis. Pero mi hijita ahora se enferma todo el tiempo. La enfermedad la debilita. Pasa un mes y puede estar bien. Pero vuelve a caer si cambia el clima. Hay que ser muy cuidadosos con la comida.”
Martina, madre soltera y respaldada por su hermana Santuza, asegura que muchos padres no cumplen con la planilla de atención, cuidados y visitas al hospital. “Muchos prefieren seguir trabajando. Es que dicen que pierden tiempo en el hospital, y lo mismo para anotarlos en los jardines de infantes. Hay muchos que dejan a sus hijos en el taller. Dicen que necesitan trabajar y así es que desatienden a sus hijos.”
Amachuy cuenta que la directora del jardín del parque Avellaneda, ubicado a pocas cuadras de La Alameda, le pidió silencio respecto a la tuberculosis. “Es por la paranoia de los padres”, se justificó la directiva. Martina revela este dato en otro momento de la entrevista. Alrededor suyo otras costureras inmigrantes escuchan y opinan. Olga Cruz, referente de la cooperativa, dice que la directora no debe hacerla callar. Que se debe hacer algo. Y le dice a Martina que hable acerca de la chica que falleció por tuberculosis en su casa.

A Martina se le había preguntado previamente si había conocido otro caso de tuberculosis además del de su hija. En ese momento ella lo negó. Ahora, con Olga dejándola en evidencia, se anima a contar todo. “Hace tres meses murió Mariam. Terminó en el hospital Muñiz. Tenía 19 años. Ella era yerna del tallerista. La esposa del tallerista, Teodora, le pegaba a Mariam. Además las horas de trabajo y las condiciones… Es muy pequeño el taller. Vivimos en condiciones horribles. Tienes que verlo. Las piecitas, sus ocho máquinas… y los jóvenes que son costureros no dicen nada. Le dan mucho a la bebida y puro hip hop.”

De Martina se apodera un espíritu de emancipación. Los cinco años que lleva en La Alameda no fueron en vano. “Yo me he puesto firme. No quiero más insultos ni falta de respeto. Siempre hay problemas con el agua, que usamos mucha para lavar la ropa, el gas y la luz. Si nosotros estamos pagando lo que gastan sus máquinas… Muchas otras mujeres viven allí pero trabajan en otros talleres. Yo ya le advertí al tallerista que no siguieran abusando. Hasta la policía ha venido y cobrado mil pesos de multa. Los policías dijeron que así, en esas condiciones, no se puede vivir, pero ellos siguen igual. Ya le dije a Teodora que iba a hacer ingresar a la prensa. Que yo misma iba a abrir la puerta para que vieran cómo vivimos. Ella se abusa. Hasta los hijastros lo saben. Diego, el hijo del tallerista, se lo ha dicho”. Diego es el viudo de Mariam y quien quedo a cargo de sus dos hijos chiquitos.
Martina relata que después de morir Mariam en el hospital Muñiz nadie inspeccionó el taller donde vivía y trabajaba la chica. “Pensé que la prensa y la policía iban a venir pero no pasó. Nadie vino, ni los médicos”. La casa-taller, que al parecer cotiza para la seccional del barrio, se ubica a pocas cuadras de La Alameda, y Noticias Urbanas fotografió su fachada. Está en Martínez Castro 1141.

Simona Velazco, la mayor de las costureras, se ubica en la punta de la cooperativa. Al principio no decía una palabra. Tampoco quería fotos. Una vez transcurrida la charla entre las costureras, larga prenda y de la más dolorosa: la muerte de su hijo por tuberculosis.

“Imber tenía 19 años. En abril de 2007 murió. Vómitos, fiebre, decaimiento. Imber, cuando podía, comía, pero lo botaba. Las enfermeras de la salita venían a La Alameda. Pero mi hijo no quería verlas. Estaba en el taller de un coreano. ‘Mami, necesitamos pagar el alquiler. No puedo ir’, me decía. Transpiraba mientras trabajaba. No quería entrar cuando fuimos a la salita. Se negaba, hasta llegó a tener visiones. Pude ir al final con él a la salita. Dos horas estuvimos esperando y los médicos no vinieron. ‘Mami, pedí permiso al coreano y me va a descontar’, me dijo, y se fue de la salita”. La tuberculosis de Imber llegó a su cabeza. “Los ojos se le volteaban. Yo usaba una pieza con todos mis nueve hijos juntos; platos, cubiertos, todo junto, porque cuando a Imber lo hice aparte, como dijo la doctora, él se enojó.” Cuenta que en el caso de su hijo toda la familia fue revisada y hay constancia de eso en el colegio. “En los colegios siempre saben pero ellos también callan, o nos dicen a nosotros que no digamos nada”.

Deasy Cahuapasa, otra de las costureras que fue reducida a la servidumbre en un taller textil, cuenta que en la escuela 17 D.E. 11 hubo un caso de tuberculosis hace un tiempo. “Después de eso analizaron a todos los chicos de séptimo grado y nada más.”

El centro de salud está a una cuadra de La Alameda, dentro del parque Avellaneda. Pero a la esquina de Directorio y Lacarra, donde se ubica la sede de la organización por la que pasan cientos de costureros a denunciar o reunirse, no ha llegado ni un sólo folleto o afiche que remita a la enfermedad silenciada.

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