Los cazaexplotadores

15 03 2009

La resvita 23, que ya no es propiedad de Jorge Lanata, tiene en su última edición una excelente nota sobre La Alameda escrita por el periodista Tomás Eliaschev. No se la pierdan, acá va completa.

los-cazaexplotadores

 

Es una cooperativa que combate el trabajo esclavo. Surgió como asamblea popular en 2001 y se convirtió en un centro comunitario que denuncia la servidumbre en talleres textiles, la explotación infantil en zonas rurales y la trata de blancas en los prostíbulos porteños.

 

Por Tomás Eliaschev

Todo comenzó mientras resonaba fuerte el sonido de las cacerolas. No las de teflón del año pasado, sino las que habían estallado en diciembre del 2001. Como tantos otros, un grupo de vecinos se comenzó a reunir en Lacarra y Directorio, en Parque Avellaneda. Dieron sus primeros pasos como asamblea barrial y terminaron poniendo en jaque a importantes empresas que utilizan mano de obra esclava, como en estos días hacen con la firma Kosiuko. Una olla popular fue el primer fuego que encendieron. Recuperaron una antigua pizzería abandonada, llamada La Alameda, ubicada frente a la esquina donde se juntaban. De ahí tomaron el nombre. Luego de resistir desalojos, transformaron el edificio derruido en un centro comunitario. Empezaron a nuclear a familias bolivianas que acudían desesperadas con una historia recurrente: habían caído bajo las garras de talleres textiles clandestinos que producen para grandes marcas, con jornadas de hasta 20 horas diarias, en muchos casos sin poder salir nunca y durmiendo hacinados en el mismo lugar.

Liderados por el docente Gustavo Vera, los asambleístas comenzaron con una tarea de denuncia y organización. Además de un comedor comunitario y de talleres educativos, se propusieron acabar con el trabajo esclavo del que se aprovechan algunas empresas, al tiempo que armaban la Cooperativa de Trabajo 20 de Diciembre para hacer su propia producción.

En el segundo piso de la sede de La Alameda una docena de personas trabaja, mientras suena una FM de la colectividad boliviana. “Estamos haciendo remeras para un encargo, pero también tenemos nuestra marca, Mundo Alameda”, cuenta orgullosa Mónica Frías a Veintitrés. Esta paceña de 40 años sufrió en carne propia la explotación más extrema. Sentada frente a una máquina overlock que La Alameda consiguió por el Plan Manos a la Obra, cuenta su historia. “Trabajaba junto a mi marido en un taller que producía para las marcas Lacar, Montagne y Rusty. La jornada comenzaba a las 7 de la mañana y terminábamos a la 1 de la mañana. Sacábamos 500 pesos por mes. Nos tenían bajo llave, encerrados. A mis niños no los dejaban ni salir al patio ni llevarlos al médico, hasta que el patrón nos rajó porque protestábamos y se quedó con nuestros documentos. Durante medio año trabajamos gratis para pagarle lo que había puesto para que viniéramos de Bolivia.”

Con el tiempo, Frías pudo conocer otra realidad. “En ese momento no teníamos posibilidad de saber, pero luego supe que las camperas por las que nos pagaban un peso cincuenta las vendían a 300 pesos. ¡Tanto tiempo trabajando sin saber la diferencia que le sacaban a cada prenda!”, recuerda Mónica todavía indignada.

Las cosas mejoraron para Frías y su familia. “Me acerqué con mis hijos a La Alameda por el comedor y terminé trabajando en el taller de costura. Esto es un cambio total, cobramos ocho pesos por hora y trabajamos ocho horas diarias cinco días a la semana; si hay mucho trabajo, medio día del sábado. Trabajamos como se debe trabajar y ganamos lo que debemos ganar. Y luchamos para que no haya más trabajo esclavo.”

Su compañera, Olga Cruz, es oriunda de Sucre, en donde llegó a ser dirigente de las empleadas domésticas. Cuando vino a la Argentina, le quedó la conciencia de la importancia de organizarse. Ella no sufrió la explotación en talleres clandestinos de costura, pero si como verdulera o trabajando en limpieza. Fue de las precursoras en el emprendimiento productivo de La Alameda y está orgullosa de la lucha. Cuenta que la policía los desalojó, que finalmente recuperaron el edificio y están a la espera de la expropiación definitiva. Mientras tanto, la sede fue reciclada a fines del año pasado, cobrando aún más vida. En palabras de Cruz, lo que los motiva es “hacer entender a los inmigrantes que tenemos los mismos derechos que cualquier argentino”.

Néstor Escudero, uno de los referentes de la asamblea, comenta que en estos días se encuentran abocados a denunciar “que la marca Kosiuko sigue utilizando trabajo esclavo (ver recuadro), así como la explotación que sufren niños en Mendoza en la producción de ajo y en todo el campo en general”.

Antes de entrar en La Alameda, Escudero era empleado de limpieza en una fábrica. Ahora trabaja de cortador en la cooperativa de la organización. “La industria textil, valga la paradoja, tiene mucha tela para cortar: el 70 por ciento de los trabajadores está en la informalidad. La explotación extrema es estructural. Grandes marcas como Soho, Cheeky y Awada, entre muchas otras, utilizan mano de obra que está en las peores condiciones”, explica, para luego agregar que fundaron la Unión de Trabajadores Costureros para pelear contra esta realidad.

Entre las 81 marcas denunciadas por La Alameda figuran, además de las ya mencionadas, otras firmas conocidas: Graciela Naum, PortSaid, Coco Rayado, Akiabara, Normandie, Claudia Larreta, Mimo, Adidas, Puma, Topper, Kill, Yagmour, Ona Saez, Duffour, Chocolate, 47 Street, Bensimon y Le Coq Sportif.

La Alameda se ha transformado en una suerte de fiscalía del pueblo, comentan sus militantes. A raíz de la actividad de denuncia que realizan desde hace unos años contra las marcas de ropa que explotan inmigrantes, les fueron llegando más historias sobre personas reducidas a condiciones de servidumbre en otras ramas de la economía. De esta manera establecieron una fuerte alianza con el Movimiento de Trabajadores Excluidos, una organización que nuclea a cartoneros.

“Cuando en marzo de 2006 se incendió un taller clandestino en Caballito y murieron seis personas, muchos empezaron a ver que teníamos razón”, recuerda Escudero, y se lamenta porque los sobrevivientes y familiares de las víctimas no recibieron ninguna indemnización. “En un origen, nos concentramos en el rubro textil, pero nos dimos cuenta de que hay mecanismos similares que se usan en la trata de personas para la explotación sexual.” Eso devino en una nueva oleada de escraches contra cabarets donde chicas menores estaban presas de las redes de la trata. En esos centros de oferta de prostitución, según denunciaron los vecinos, operan también narcos. “Estos lugares se encuentran en las inmediaciones del Departamento Central de la Policía Federal. Existe connivencia entre los proxenetas y la policía”, afirma Escudero, quien detalla que se articularon con madres que buscan rescatar a sus hijas de las redes de trata.

Para afinar la puntería en la actividad de denuncia, la asamblea decidió formar la Fundación Alameda, a la cual se sumaron especialistas en derecho, como el abogado Rodolfo Yanzón, de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, e inclusive ex funcionarios municipales de los gobiernos de Aníbal Ibarra y Jorge Telerman. “Combinamos herramientas jurídicas, gremiales y periodísticas para darles más sustento a nuestras denuncias”, relata Escudero. El equipo, que es intermitente y que está formado también por costureros rescatados de los talleres clandestinos, realiza una tarea de investigación que incluye la utilización de cámaras ocultas.

Las múltiples acusaciones realizadas por La Alameda en la Justicia y en los medios trajeron sus consecuencias. “Hemos sufrido varios ataques por parte de los dueños de los talleres clandestinos. En una oportunidad aprovecharon que estábamos escrachando whiskerías donde hay menores y quisieron quemar el centro comunitario, mientras los policías de la comisaría 40, a los que denunciamos por cohecho, liberaban la zona.” Sin embargo, los ataques no los paralizan: “Al miedo le oponemos la participación. La queja debe ser activa. Existen dos sistemas: el de la ley, que respetamos los ciudadanos, y el de la trampa, la servidumbre y el fraude, que es en el que se manejan los dueños de las empresas que basan sus ganancias en el trabajo esclavo. No es exagerado hablar de esclavitud, reducen a la gente a la servidumbre con formas de otra época y eso es una fuente de ingresos para muchos capitalistas. Nosotros queremos golpear al segundo sistema”, declama Escudero.

Al calor de la pelea entre las patronales del campo y el gobierno nacional a raíz de las retenciones móviles, La Alameda abrió un nuevo frente: “Ninguno de los dos sectores que se enfrentan se hace cargo de la explotación infantil que hay en el campo. El año pasado un grupo de vecinos de Pilar nos trajo toda la información sobre la explotación que sufren niños en las granjas avícolas, como en una que se llama Nuestra Huella, donde los chicos trabajaban sin ninguna protección, pisando guano descalzos, sufriendo enfermedades porque preparaban los venenos, con cuadros alérgicos graves. Tomamos el caso y lo hicimos público. A raíz de esto, se logró que blanquearan a los adultos y que dejen de trabajar los chicos”, cuenta Escudero.

En esa línea, se contactaron con los trabajadores ajeros de Mendoza. “Los dueños de empresas como Campo Grande hacen trabajar a todo el grupo familiar en condiciones pésimas, generalmente se aprovechan de los inmigrantes.” Una situación similar, agrega Escudero, se produce en fincas que producen fruta en la provincia de Buenos Aires.

“En la discusión entre el campo y el Gobierno no se puede obviar el tema del trabajo infantil”, reclama el asambleísta, algo que por ahora parece estar fuera de la agenda en las polémicas sobre la política agraria estatal.

El camino que tienen por delante en La Alameda no es sencillo. Eligieron comenzar por el eslabón más débil, el de los más explotados, los trabajadores esclavizados. A casi doscientos años de que la Asamblea de 1813 aboliera la esclavitud, la tarea que les espera es titánica. El mismo Estado admite que el 40 por ciento de los asalariados no están regularizados y no parece haber en ninguna de las fuerzas políticas con posibilidades de gobernar un proyecto serio para revertir la situación. Los integrantes de la asamblea saben que la informalidad es un caldo de cultivo para que patrones inescrupulosos se aprovechen de las necesidades de trabajadores y los esclavicen. Y prometen seguir con las denuncias y con su trabajo comunitario, en oposición a la voracidad de quienes quieren enriquecerse a costa de la sangre, sudor y lágrimas de sus empleados.

Más información http://laalameda.wordpress.com o http://www.mundoalameda.com.ar/

 

Recuadro:

 

Fashion victim

 

Oscar Mamani Mamani no puede contener las lágrimas al contar su historia como trabajador de uno de los talleres que produce para la marca Kosiuko. Vino de Ingavi, una provincia rural boliviana, con la esperanza de poder trabajar. Dejó a sus hijos en cuidado de su suegra y se vino junto a su esposa, Concepción Pajarito. “Nos hacían dormir en un cuartito lleno de polvo de dos por dos, junto a los cortes de tela. El dueño del taller nos echó sin pagarnos lo que nos debía y fuimos a parar a La Alameda para pedir ayuda, no teníamos ni para comer”, cuenta Mamani Mamani. Cuando llegaron, fueron recibidos por Vera, dirigente de la asamblea. “El nos contó que estaban en diálogo con Kosiuko por otras denuncias que habían hecho antes. Supuestamente la empresa no iba a usar más talleres clandestinos, pero nosotros conservamos las etiquetas originales de la marca que le poníamos a la ropa que fabricábamos”, relata. En La Alameda les dieron una misión especial: “Volvimos al taller con una cámara oculta y filmamos todo el lugar”.

 

Hace dos años La Alameda denunció pública y penalmente a Kosiuko por utilizar trabajo esclavo. La marca pertenece a la firma Kowseff S.A y tiene locales en capitales latinoamericanas y en ciudades europeas. Sus dueños son Cynthia Kern y Federico Bonomi quisieron redimirse, por lo que pidieron a La Alameda que realice una auditoria para que se les otorgue un certificado de “libre de trabajo esclavo”. Los miembros de la asamblea aceptaron, pero pusieron a dos garantes ecuménicos: el titular del Departamento de Migraciones del Arzobispado, Mario Videla, y el rabino Damián Karo de la Fundación Judaica de Sergio Bergman. En el lapso que se desarrollaban las reuniones, apareció la pareja de bolivianos denunciando que Kosiuko continúa con sus prácticas. En principio, el representante de la empresa quiso deslindar responsabilidades. Sin embargo, la evidencia fue contundente y ahora ofrecieron pagar una suma de dinero que no alcanza a cubrir la indemnización que correspondería.

 





La marca de ropa Kosiuko fue allanada por trabajo esclavo

10 03 2009

ksk-escrache-mejor

 

Federico Bonomi, dueño de la marca Kosiuko, solicitó hace unos meses a la Alameda tener una reunión. La intención de Bonomi es salvar su imagen con respecto al uso de trabajo esclavo, que habíamos denunciado tiempo atrás. El riesgo de asumir un compromiso con Kosiuko, no atemorizó a la Utc-Alameda, pese a visualizar las intenciones de fondo del empresario textil. Por ello para apartar toda sospecha de claudicación nuestra organización que defiende a los costureros puso dos condiciones. No recibirían pago o subsidio alguno para la auditoría, o sea todo sería voluntario. Segundo la presencia de veedores. Lo que nunca pensó Bonomi, padre de familia y asiduo asistente a misa dominical, es que La Alameda tendría como imparciales veedores, al titular del Departamento de Migraciones del Arzobispado, Mario Videla, y por la Fundación Judaica al rabino Damián Karo.

 

 

Luego de fuertes discusiones le dijeron a Bonomi que tenía que ir al Centro Textil del INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) y lograr el certificado ‘libre de trabajo esclavo’. En el transcurso de las cinco reuniones entre Kosiuko y La Alameda se fueron acordando los pasos a seguir para realizar la auditoria a la marca. Se había acordado que todo taller que se encuentre con irregularidad, rápidamente se debería revertir la situación y realizar la denuncia correspondiente.

Todo esto avanzo hasta principios de enero, que es cuando a la sede de La Alameda, llegó una pareja de costurero, Concepción Pilar Pajarito y Oscar Mamani Mamani vinieron a denunciar cómo habían vivido y trabajado en condiciones inhumanas dentro de un taller que abastecía a Kosiuko. El taller «14», según la numeración interna de Kosiuko, ubicado en la calle Crisóstomo Álvarez 391, barrio de Flores, estaba a cargo de Walter Moya. Este hombre, de nacionalidad boliviana, es quien los sometió a largas jornadas de trabajo «empezábamos desde las 6 de la mañana a las diez de la noche. Cobrábamos 600 pesos al mes. En la semana no podíamos salir y sí después de los sábados al mediodía y domingos. Al principio dormimos en el depósito de las prendas y después nos construimos nuestros cuartos de dos por dos», figura en la declaración de los costureros ante la Defensoría del Pueblo.

 

 

Como se venia acordando en las reuniones, esta situación debía revertirse rápidamente, lo cual no sucedió, según ratificaron el cura y el rabino en su declaración en la defensoria del pueblo. Kosiuko quiso pagarles $10.000 a los costureros, cuando la suma era mucho más, además Kosiuko levantó el taller “14” para no dejar rastros y no hicieron ninguna denuncia. Obviamente la mesa de diálogo entre la empresa y nuestra organización con sus veedores no continuó. Ahora seguirá por las malas, y ello significa la vía judicial y el escrache público.

 

 

El lunes 2 de marzo se hizo un importantísimo escrache al local de Kosiuko ubicado en Santa Fe y Callao. La actividad salió en la mayoría de los diarios y los noticieros, y logró poner ante los ojos de toda la población, todo lo que se esconde detrás del glamour de estas marcas esclavistas. Las imputaciones de nuestros abogados contra la firma Kowsef  S.A.(que maneja la marca Kosiuko) es por reducción a la servidumbre, trata de personas, violación a la ley de trabajo a domicilio, trabajo infantil y a la ley nacional de migraciones. En semejantes términos también hizo la denuncia la Defensoria del Pueblo.

 

A raíz de esta denuncia en los medios y la justicia por la Alameda, el jueves 5 de marzo el juez federal (Julian Ercolini) allanó la sede central de la marca de ropa Kosiuko, además de su sede comercial y un taller textil clandestino.
Pero no nos quedamos en el escrache. Por eso la UTC-Alameda sigue aportando más pruebas y testimonios a la causa contra Kosiuko. Propusimos que declaré el ex subsecretario de Trabajo porteño, que en el 2006 fue echado por denunciar trabajo esclavo. Además exigimos al juez Ecolini que no cometa el mismo error que el primer juez en la causa, Norberto Oyarbide. Cuando Kosiuko entregó los falsos domicilios de los talleres la fiscalía imputó por delito de encubrimiento al presidente de Kowsef  S.A, Aníbal Marcelo Terra. Pero el juez Oyarbide a los pocos días le dio sobresimiento, esto quiere decir que no es culpable hasta tanto no haya más pruebas. Esperemos que el nuevo juez Ercolini sepa impartir la justicia que necesitan las víctimas de trabajo esclavo y por fin empezar a juzgar a los máximos culpables de la esclavitud en pleno siglo XXI.

 

 

Sumamos el artículo publicado en el diario crítica al otro día del escrache.

Sociedad / Edición Impresa

 

la defensoría del pueblo denunció a KOSIUKO

Esclavos con marca

Los testimonios de una pareja de bolivianos que trabajaban desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche por 700 pesos al mes impulsaron la causa que tramita en el Juzgado 10. Las explicaciones de la empresa.

Mauro Federico

03.03.2009

 

 

Escrache. La Fundación La Alameda y algunos ex trabajadores manifestaron en un local ubicado en la avenida Santa Fe.

 

“Trabajábamos de siete de la mañana a diez de la noche y nos pagaban 700 pesos por mes. Dormíamos en un depósito de dos por dos con otras dos mujeres en camas marineras. La patrona nos trataba mal, no nos dejaba ir al baño y en una oportunidad me tuve que hacer encima (…) Nos daban de comer ahí mismo en el taller, desayunábamos un té con un pedazo de pan, almorzábamos un guiso de arroz o fideos con agua de la canilla. No nos dejaban salir porque decían que nos podía ver la gente.”, contó Concepción, ciudadana boliviana empleada de un taller textil ubicado en la calle Crisóstomo Álvarez 3914 de la ciudad de Buenos Aires, donde se confeccionaban prendas para la marca Kosiuko y cumplian labores otros tres hombres y cuatro mujeres en condiciones de esclavitud. Su testimonio forma parte de la denuncia penal presentada por la Defensoría del Pueblo porteña y la fundación La Alameda contra la firma Kosiuko por violación a la Ley de Migraciones, a la Ley de Trabajo a Domicilio y tráfico de personas.

En el escrito –que tramita en el Juzgado 10 a cargo del doctor Julián Ercolini– se incluye el testimonio del cura Mario Videla, miembro de la Comisión Pastoral de Migraciones del Episcopado, y del rabino Damián Karo, de la Fundación Judaica, quienes participaron del frustrado intento de monitoreo que esta empresa intentó promover para descartar cualquier posibilidad de trabajo en condiciones de servidumbre, con la auditoría de organizaciones sociales.

Para el juez Ercolini el tema no es novedoso: desde septiembre de 2006 investiga a esta firma a raíz de una denuncia realizada por el gobierno de la ciudad por la presunta infracción de “obstrucción de inspección”. “Cosíamos para la firma Kosiuko por las etiquetas que nos hacían pegar y porque la persona que retiraba las prendas –Andrea Miyawawa– dijo que trabajaba para esa firma”, aseguró la denunciante que desarrollaba tareas en un taller perteneciente a la firma Kowseff S.A.

Según la Defensoría, allí “no se cumplen con las condiciones de seguridad e higiene en el trabajo, ni con las obligaciones de registración de los operarios, de las mercaderías y del pago de los salarios establecidos por convenio”.

En la denuncia se sostiene que “tanto el tallerista como el fabricante promovieron el ingreso ilegal de personas al país con el fin de beneficiarse con la explotación de su trabajo y facilitaron su permanencia ilegal mediante su ocultación con el mismo propósito en sus establecimientos”.

Y agrega: “Esta conducta habría tenido por víctimas a personas menores de dieciocho años, quienes habrían sido obligadas a someterse a un sistema de intimidación, encierro y clandestinidad en perjuicio de su salud física y mental, de su educación y socialización”.

Qué dice la empresa

En un comunicado enviado a esta redacción, Kowzef S.A. negó terminantemente “cualquier participación en la contratación de trabajo esclavo”. La firma aseguró “no tener relación alguna con el taller que contrató a los trabajadores bolivianos que denuncian haber sido empleados en condiciones de servidumbre”. En tal sentido, la firma recordó que “fuimos los que propusimos la creación de la Mesa de Trabajo con dirigentes y representantes legales de La Alameda, con el objetivo de promover el saneamiento de la cadena productiva textil”. La empresa admite que “rompió recientemente su relación comercial con la Sra. Andrea Miyagawa S.A., apenas tuvo conocimiento de que parte de su producción estaba siendo tercerizada”.

 

 

 





KOSIUKO SIGUE PRODUCIENDO CON TRABAJO ESCLAVO

2 03 2009

na12fo01Este lunes 2 de marzo a primera hora, la Defensoria del Pueblo de la Ciudad por un lado y la Alameda por el otro presentarán una denuncia penal contra la firma Kosiuko por violación a la ley de migraciones, a la ley de trabajo a domicilio, trabajo infantil y trata y tráfico de personas. Ambas denuncias serán radicadas en el Juzgado Federal 10 del Dr Ercolini, donde se encuentra la primer denuncia contra esta firma que el Gobierno de la Ciudad realizará en setiembre de 2006 junto a la Alameda. El caso que se ventila en esta oportunidad, con testimonios, videos, etiquetas y testigos, es el de un taller de flores de donde escaparon dos costureros a mediados de enero y el sacerdote Mario Videla, Director de Migraciones del Arzobispado y el rabino Damian Karo de la Fundación Judaíca de Sergio Bergman son testigos de que el taller pertenece a Kosiuko, que la firma lo reconoció como propio y que pese a ello se negó a pagar la indemnización correspondiente y a denunciar judicialmente a ese taller.

   En setiembre Federico Bonomi, dueño de Kosiuko, había solicitado a la Alameda trabajar en común un diagnóstico sobre su cadena de producción, pues la firma decía tener interés en erradicar el trabajo en negro. A pedido de la Alameda, la Iglesia y la Fundación Judaíca de Bergman fueron testigos de un proceso que ni siquiera llego a desarrollarse, porque en medio de las tratativas surgió la denuncia del taller de Flores que Kosiuko admitió como vinculado a la empresa, pero se negó a pagarles lo que les correspondía y a denunciar judicialmente a los talleristas que reducian a la servidumbre a sus costureros mientras cosían exclusivamente para esa firma. Hoy se presentarán las dos denuncias penales y la Fundación Liga Argentina por los Derechos Humanos junto a la Alameda solicitarán constituirse como querellantes contra la firma.

   Entretanto, a las 19 horas se realizará un escrache en la sede de uno de los locales de Kosiuko, ubicado en la Avenida Santa Fe 1779 y convocado por la Alameda y el Movimiento de Trabajadores Excluidos que agrupa a las cooperativas de cartoneros.

 

 

Informes: Gustavo Vera 1561584835

 

Videos y copias de las denuncias penales para los medios: Retirar en la Alameda desde las 8 de la mañana (41155071)

 

   

 Sociedad|Lunes, 2 de Marzo de 2009

Una firma quiso certificar que no utilizaba trabajo esclavo y terminó demandada

Una empresa enredada en su telaraña

Un sacerdote católico y un rabino son testigos de la denuncia que la Defensoría del Pueblo porteña presentará hoy contra los fabricantes de la marca Kosiuko. Se trata de una pareja de trabajadores bolivianos que fueron explotados y despedidos.

 

Por Eduardo Videla

Por primera vez, un sacerdote católico y un rabino prestaron testimonio en forma conjunta en una causa en la que se denuncia a una empresa de indumentaria que habría utilizado en su línea de producción mano de obra en condiciones de semiesclavitud. La empresa involucrada es Kowsef SA, fabricante de prendas con la marca Kosiuko, cuyos directivos –de acuerdo con los testimonios– habrían quedado enredados en su propia telaraña: intentaron promover un monitoreo externo de su actividad para descartar cualquier posibilidad de trabajo en condiciones de servidumbre, con la auditoría de organizaciones sociales, y terminaron negando el derecho a una indemnización a dos trabajadores bolivianos, inmigrantes ilegales despedidos en uno de los talleres subcontratados que trabajan para esa marca. La denuncia que presentará hoy la defensora del Pueblo porteño, Alicia Pierini, ante la Justicia federal incluye el testimonio del cura Mario Videla, miembro de la Comisión Pastoral de Migraciones del Episcopado, y el rabino Damián Karo, de la Fundación Judaica, responsable del Templo de la calle Paso, en el barrio de Once, quienes participaron del frustrado intento de monitoreo de la empresa. Hoy a las 19, miembros de las organizaciones denunciantes se movilizarán ante uno de los locales de la marca, en Santa Fe y Callao, para respaldar la denuncia.

 

 

La marca Kosiuko ya había sido denunciada en 2006 por la Fundación La Alameda, que nuclea a costureros y denunciantes de situaciones de explotación ilegal de inmigrantes. En esa causa es querellante el gobierno porteño, por la presunta infracción de “obstrucción de inspección”.

 

 

A principios de septiembre del año pasado –dos años después de aquella denuncia–, el responsable de la firma Kowsef SA, Federico Bonomi, intentó un acercamiento con los denunciantes: lo hizo a través de Sergio Tosunian, quien se presentó como directivo de la asociación civil Interrupción, y promovió un encuentro con dirigentes y representantes legales de La Alameda.

 

 

Ante la propuesta, el presidente de la cooperativa La Alameda, Gustavo Vera, puso como condición la participación de un sacerdote católico y un rabino, como garantes de cualquier acuerdo al que se pudiera arribar. De esa manera se llegó a la primera reunión, el 30 de septiembre de 2008.

 

 

De ese encuentro participaron, además de Bonomi, de Kosiuko, Vera, de La Alameda y Tosunian, de Interrupción, el sacerdote Mario Videla, director de Migraciones del Arzobispado porteño, y Gabriel Seisdedos, representante de la Fundación Judaica, que dirige el rabino Sergio Bergman. La reunión se hizo en la parroquia Nuestra Señora Madre de los Inmigrantes, ubicada en la calle Necochea al 300, en el barrio de La Boca. Para no ser menos, el empresario Bonomi también concurrió acompañado de un cura de su confianza, Ramón Abeijón Umpiérrez.

 

 

En esa ocasión Tosunian manifestó que estaba interesado en “encontrar un mecanismo de certificación de que no había trabajo esclavo en la producción de prendas”, según declaró el sacerdote Mario Videla. Fue así que en esa primera charla los participantes comenzaron a discutir mecanismos para llevar a cabo el diagnóstico del trabajo en los talleres de la empresa y la posterior certificación, a cargo de especialistas en asuntos laborales. Con ese objetivo estaba presente en la reunión el abogado Fernando Gelfo, que fue funcionario de la Dirección de Protección del Trabajo porteño durante la gestión de Jorge Telerman y ahora integra la Fundación La Alameda.

 

 

La segunda reunión se hizo en octubre, en la sinagoga ubicada en Paso y Corrientes, donde se sumó a la mesa el responsable del templo, el rabino Damián Karo. En esas reuniones, según las declaraciones testimoniales, Bonomi manifestó que la empresa tenía setenta talleres, donde –aseguró– no había trabajo esclavo. Invitó a todos a visitar esos talleres, aunque no llegó a proporcionar las direcciones de los mismos. Y aseguró que si durante esas visitas “se encontrara trabajo no digno en alguno de ellos, no lo toleraría y desafectaría los talleres inmediatamente”, recordó el rabino Karo.

 

 

Las reuniones continuaron y en enero, sin que hubieran empezado las visitas a los talleres de Kosiuko, se presentó en La Alameda una pareja de trabajadores de nacionalidad boliviana. Denunciaron que habían sido traídos bajo promesa de buena fe pero terminaron trabajando bajo un régimen de servidumbre en un taller ubicado en el barrio de Flores, que trabaja para la firma Kosiuko. Oscar Mamani y Concepción Pajarita Marca, los dos costureros, relataron que habían trabajado durante un año en el taller ubicado en Crisóstomo Alvarez al 3900, donde cumplían un horario de 7 a 22 y dormían o descansaban el resto de las horas en un cuartito que ellos mismos construyeron en ese lugar. Dijeron haber cobrado entre 600 y 900 pesos mensuales, que sólo podían salir de allí después del sábado al mediodía y el domingo, y denunciaron que los echaron sin pagarles ninguna indemnización. La pareja quería volver a Bolivia, donde quedaron sus hijos, y no tenía medios para regresar.

 

 

Al conocer la situación, los integrantes de la mesa de diálogo convocaron a una nueva reunión. Fue el 9 de enero, en la parroquia de los Inmigrantes. Esta vez no concurrió Bonomi sino, en su representación, Marcelo Gallardo, gerente general de Kowsef SA. También estaban los dos trabajadores bolivianos, que volvieron a relatar su situación. Allí relataron que el taller donde trabajaban recibía las prendas a confeccionar de otro taller, y que las confecciones terminadas eran retiradas por la encargada de ese lugar, a quien conocían como Andrea, con un apellido oriental.

 

 

Según coinciden los participantes, Gallardo aseguró que el taller no trabajaba para su firma. Y cuando Concepción Pajarita le mostró una de las etiquetas con la marca Kosiuko que ellos colocaban en las prendas que fabricaban, el representante de la empresa sugirió que podrían ser falsificadas. Entonces, delante de todos los presentes, la mujer le pidió a Gallardo que mostrara la etiqueta de la remera que llevaba puesta, de la misma marca. Así todos pudieron ver que eran iguales y que la única diferencia era un número que identificaba el taller donde se confeccionaba. Las etiquetas de Mamani y Pajarita pertenecían al taller número 14. También mostraron moldes para la confección, los mismos que distribuye la empresa entre sus talleres.

 

 

“Entonces, Gallardo se comunicó por handy con gente de la empresa, y le confirmaron que el taller 14 está a cargo de una tal Andrea, cuyo apellido es Miyawawa”, relató a Página/12 Gabriel Seisdedos, de la Fundación Judaica, uno de los presentes en la reunión.

 

 

“Ese taller, registrado por la empresa, tercerizaba su producción en otros, no registrados”, explicó Vera, de La Alameda. La Ley de Trabajo a Domicilio, de todas formas, haría responsable a la empresa principal por las irregularidades cometidas.

 

 

Ante las evidencias, la empresa aceptó indemnizar a la pareja. Gallardo propuso una suma de 20 mil pesos, que fue rechazada por los abogados que asesoran a La Alameda: estimaban que correspondían, para los dos trabajadores, unos 71.000 pesos. “Finalmente, en una reunión posterior, donde no vino el señor Gallardo, Tosunian, de la Asociación Interrupción, manifiesta que la empresa está dispuesta a pagar 51.000 pesos”, relató Seisdedos.

 

 

El pago nunca se hizo efectivo y entonces se inició un cruce de telegramas que dio por finalizadas, en forma automática, tanto las negociaciones por el caso de la pareja de costureros como por la certificación de los talleres de Kosiuko. Ante el conflicto, la asociación Interrupción informó que Tosunian ya no pertenecía a su directorio aunque realizaba consultorías para la entidad.

Pero las cosas no quedaron ahí. La fundación La Alameda llevó la denuncia a la Defensoría del Pueblo porteña, que citó a declarar a Mario Videla, a Damián Karo y a Gabriel Seisdedos. También incorporaron un video tomado por una cámara oculta por los trabajadores despedidos, cuando fueron a buscar sus pertenencias, donde quedarían en evidencia las condiciones del lugar donde trabajaban. A partir de esas declaraciones, los abogados de la Defensoría presentarán hoy una denuncia penal por el delito de reducción a la servidumbre, y por infracción a las leyes de Migraciones y de Trabajo a Domicilio. La denuncia podría unificarse con la causa iniciada en 2006, que tramita en el juzgado federal a cargo de Julián Ercolini.

 

 

En tanto, Concepción y Oscar, los inmigrantes involucrados en el caso, están albergados provisoriamente por la Organización Internacional para las Migraciones.

 








Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 173 seguidores